Una grulla musical descendió sobre el Teatro Colón

Concierto conmemorativo por los 140 años de la inmigración japonesa en la Argentina.

Vestida de blanco, con una presencia serena y firme, la violinista japonesa Akiko Suwanai apareció sobre el escenario del Teatro Colón como si una grulla hubiera descendido silenciosamente en pleno corazón de Buenos Aires. La imagen no era exagerada: había en su figura una mezcla de elegancia, concentración y dignidad que parecía condensar, en un solo gesto, la memoria de 140 años de historia japonesa en la Argentina.

El pasado 5 de junio, a las 17 horas, se realizó en el Teatro Colón el Concierto conmemorativo de la amistad entre Argentina y Japón, en homenaje a los 140 años del inicio de la inmigración japonesa a la Argentina. La presentación contó con la participación de la reconocida violinista Akiko Suwanai y del pianista nikkei canadiense Ryo Yanagitani, con el auspicio de la Embajada del Japón en la Argentina, la Universidad de Tokio y TAO Productions.

La sala reunió a miembros de la colectividad japonesa y nikkei, representantes institucionales, amigos de Japón y numerosos argentinos amantes de la música. También se vivió una escena muy propia de Buenos Aires: los reencuentros no se celebraban tanto con reverencias, sino con abrazos. Esa mezcla de respeto japonés y calidez argentina dio al concierto un clima especial, íntimo y a la vez solemne.

La ocasión tenía un profundo significado histórico. Se considera que el primer japonés establecido en la Argentina fue Kinzō Makino, oriundo de la península de Miura, en Kanagawa, quien llegó a Buenos Aires en 1886 a bordo de un barco británico y luego se radicó en Córdoba. Allí formó una familia con una mujer argentina y terminó sus días en esta tierra. En 2026 se cumplen 140 años de aquella llegada, considerada el punto de partida de la presencia japonesa en el país.

Años después, en 1900, Yoshio Shinya, de Karatsu, prefectura de Saga, llegó a la Argentina a bordo de la fragata escuela Sarmiento y es recordado como uno de los primeros inmigrantes japoneses formales. Sobre esa memoria de pioneros, viajes, arraigo y construcción comunitaria se levantó el concierto del Colón.

El programa propuso un recorrido intenso y compacto por distintos mundos musicales: la Sonata para violín y piano n.º 3 en Mi bemol mayor, op. 12 n.º 3, de Ludwig van Beethoven; la Sonata para violín y piano en la mayor, de César Franck; y la Introducción y Tarantella, op. 43, de Pablo de Sarasate. De la claridad clásica al romanticismo tardío, y de allí al virtuosismo de raíz española, el repertorio ofreció un verdadero viaje por paisajes sonoros diversos.

Akiko Suwanai, ganadora en 1990 del Concurso Internacional Chaikovski y reconocida por haber sido la vencedora más joven en la historia de ese certamen, no necesitó apoyarse en su prestigio. Su interpretación habló por sí misma. Cada frase revelaba disciplina, profundidad y una presencia artística capaz de cruzar fronteras.

Algunos asistentes la describieron como “virtuosa y prolija”, una expresión sencilla pero precisa: virtuosismo sin exceso, técnica sin ostentación, elegancia sin frialdad. Al finalizar cada obra, Suwanai levantaba el arco con firmeza. El gesto parecía señalar el cierre de la pieza, pero también algo más: una afirmación silenciosa, una manera de decir que aquella música, interpretada tan lejos de Japón, también pertenecía a esta historia compartida entre dos países.

El público respondió con entusiasmo. El diario Clarín señaló con cierta ironía que muchos asistentes no parecían habituados a los códigos tradicionales de la música clásica, ya que los aplausos surgían incluso entre movimientos. Sin embargo, más que desconocimiento, esos aplausos expresaban emoción, cercanía y gratitud. En una sala como el Colón, a una hora poco habitual para un concierto, esa respuesta espontánea fue también parte del encanto de la tarde.

El bis fue Schön Rosmarin, de Fritz Kreisler, una pieza breve, luminosa y refinada que cerró la presentación con delicadeza. Antes de interpretarla, Ryo Yanagitani dirigió unas palabras en español al público y expresó su honor por tocar en uno de los teatros más importantes del mundo. La sala respondió con un aplauso cargado de afecto y respeto.

Terminada la función, los comentarios continuaron en los pasillos. La señora Goya, cuyo hijo Ignacio ingresó recientemente como fagotista en la orquesta, destacó la calidad técnica de la interpretación. También expresó que la música lo había transportado, como en un viaje por la historia, hacia recuerdos de una infancia situada en los años cuarenta. La música, una vez más, no solo cruzaba fronteras: también atravesaba el tiempo.

La actuación de Ryo Yanagitani también despertó comentarios. Para algunos, el piano pudo parecer discreto frente al protagonismo del violín. Sin embargo, Celia Sekiguchi, vinculada al canto coral, observó con acierto que Yanagitani “nunca sobresalió, sino que acompañaba”. Su presencia no fue débil, sino profundamente atenta. Con una mirada intensa, siguió cada respiración de Suwanai y sostuvo la arquitectura musical con precisión.

La cantante de ópera María Savastano, también con trayectoria en Japón, agregó que esa integración era posible porque el acompañamiento resultaba “muy prolijo y sin fisuras”. No se trataba de competir, sino de construir juntos. En efecto, la belleza del concierto estuvo en esa confianza: el violín y el piano no corrían uno contra el otro, sino que avanzaban en una misma dirección.

En varios momentos, el violín parecía multiplicarse: a veces sonaba con la fuerza de un instrumento de percusión, otras con la claridad de un teclado, y otras con una voz casi humana. “Cada instrumento cantaba solo”, comentó alguien al salir. La frase resume bien la experiencia: cada instrumento tenía voz propia, pero ambos formaban parte de una misma conversación.

Para Suwanai, esta fue su tercera presentación en el Teatro Colón. Ya había actuado allí hace dos décadas junto a la Filarmónica del teatro, pero esta fue su primera vez en formato de recital con piano en esa sala. Para Yanagitani, en cambio, fue su primera visita a Buenos Aires. Canadiense de origen nikkei y radicado en Washington, que tiene amigos argentinos y que siente cercanía con el país. Esos vínculos personales también dieron al encuentro una dimensión humana más amplia.

El 5 de junio, la grulla que descendió sobre el Teatro Colón dejó una huella de música, memoria y encuentro, superando las diferencias culturales e idiomáticas. A 140 años del primer arribo japonés a la Argentina, este concierto volvió a unir lo que la historia había comenzado a trazar.

Felicitamos a Akiko Suwanai, Ryo Yanagitani, las instituciones organizadoras y auspiciantes, y a todas las personas que hicieron posible esta velada. También recordamos que la historia de la colectividad japonesa en la Argentina fue construida por muchas personas, conocidas y desconocidas, que con esfuerzo, sensibilidad y gratitud tendieron puentes entre Japón y la Argentina.

Autor

  • Tomoko Aikawa es Licenciada en Estudios Latinoamericanos y Lingüística hispánica y es Especialista en Gestión Logística, Calidad, y Comercio Internacional con orientación en alimentos. Además, es intérprete, traductora, profesora de japonés y español. También es periodista y corresponsal de medios japoneses. Oriunda de Hiroshima. Es Embajadora de Hiroshima por la paz. Es Asesora Internacional de la Red de Alcaldes por la Paz (http://www.mayorsforpeace.org), dirigida por el Intendente de Hiroshima mediante la Fundación Sadako https://www.facebook.com/fundacionsadako/

    Es la traductora de "La herencia de la Madre" de la editora Adriana Hidalgo y "Luz y oscuridad: una continuación" (Zoku Meian, 1990). Se trata de la primera novela de esta autora japonesa que permanecía inédita en español, y en la que imaginó un final para la obra de mismo nombre "Meian" (Luz y Oscuridad) que dejó inconclusa con su muerte Natsume Sōseki.

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