Capitalismo emocional y iyashikei: una aproximación a la estética de la sanación japonesa.
Cuando hablamos del término iyashikei (癒し系) nos referimos literalmente, observando sus kanjis, a una categoría (系) vinculada a la sanación (癒). Un medio para alcanzar una armonía deseada, un reducto de paz portátil, o bien una solución eficaz para el desequilibrio social, víctima de presiones y estrés constante. El concepto, quizás, lo asociamos más al manga o el anime, pero podemos perfectamente extrapolarlo a la literatura, al cine o la música, entre otras ramificaciones culturales. De hecho, en la sociedad japonesa se ha convertido en una suerte de sanación consumista, una línea de producción que reproduce imágenes y sentimientos que generan bienestar. Pero es válido preguntarse: ¿Estas narrativas son realmente un espacio de pacificación o simplemente un engranaje más que es funcional al sistema que buscan evadir?
Desde una perspectiva histórica, el llamado “iyashi boom” surgió a fines de la década de los 90 en Japón. Con el peso de la explosión de la burbuja económica a cuestas, la experiencia social traumática se vio acentuada por dos hechos puntuales que ocurrieron en 1995: el terremoto de Kobe y los ataques de gas sarín en el metro de Tōkyō llevados a cabo por la secta Aum Shinrikyo. La identidad japonesa entró en un limbo, y de algún modo se buscó consuelo en esta producción sanadora, que replicaba en la calma una suerte de esencia nacional. Estas historias llevaron la identidad hacia valores estables, que remitían al sintoísmo y al budismo, pero también a la naturaleza misma. Casi como si fuera una suerte de reafirmación de aquello que definía a lo japonés, las raíces del iyashikei realzaron la certeza frente a la incertidumbre, no solamente trayendo quietud en un período tumultuoso, sino que brindándole identidad a un país que se sentía perdido. Históricamente, muchas veces la mirada japonesa hacia lo natural brindaba respuestas, así que reencontrarse con la naturaleza era una forma de construir el mañana teniendo claro el punto de partida desde el cual sostenerse.
Pero esta tendencia curativa ya había tenido un peso social previo a lo que fue la década perdida, y su mercantilización dependía de productos de salud “naturales” en la década de los 60 y 70, pero también de una estructura de posguerra que se apoyaba en el capitalismo emocional. Dentro de ese sistema, la empresa japonesa descansaba en la idea de que el bienestar individual era el medio para propiciar ese bienestar colectivo interno. Además, si lo pensamos más detenidamente, esta lógica de mercado tenía cierta reminiscencia a la idea del “wa” japonés, bajo la cual se prioriza la armonía social, pero en este caso por sobre el interés individual. De este modo vemos que existe una dualidad inherente, y el lugar del individuo tiene una divergencia marcada entre lo cultural y lo mercantilista.
De ahí que sea interesante ver cómo muchas de estas historias slice of life o iyashikei se basan en esta idea del equilibrio social que deja de lado al individuo, y muestran cómo su consumo es, de algún modo, una forma de escapar a la alienación empresarial. Así y todo, ¿la sanación, entonces, resiste dentro de un deseo por una sociedad que no existe? Tal vez la cuestión sería que resiste en un punto intermedio, un poco porque se valora la individualidad, pero también porque se la critica. El iyashikei, así, se vuelve una categoría vinculada a la sanación que expone esta tensión.
En este punto, es preciso profundizar en la mirada de Paul Roquet en su libro Ambient Media: Japanese Atmospheres of Self (2016) en el que se sumerge de lleno en la caracterización de esta estética curativa a través de ejemplos concretos. En cuanto a lo literario menciona por arriba los casos de Haruki Murakami y Banana Yoshimoto como cómplices de esta narrativa “iyashi”, pero se centra más en la novela Oteru Moru (2005) de Kurita Yuki, en la que se nos presenta un hotel diseñado para que sus huéspedes puedan dormir bien a través de los ojos de su recepcionista del turno noche, Honda Kiri. Aquí contemplamos un rasgo elemental de lo que es la narrativa iyashikei, donde la protagonista actúa como un medio sensorial para el lector, alejada de la subjetivización, y donde el hotel mismo se vuelve un personaje más, ataviado de descripciones que transmiten un aura de protección y cercanía, casi como una calidez palpable. Sin embargo, en contraposición a ese espacio onírico, la novela también relata la vida dura que lleva la protagonista con su hermana enferma, haciendo un contrapeso emocional entre cómo el espacio ideal muchas veces se construye a costa de las circunstancias personales de cada involucrado en su creación.
Esta visión, de alguna manera, desmitifica lo que se transmite y pone el foco también en los sentimientos del individuo, aunque sea de forma periférica. El costo de la sanación, muchas veces, es el esfuerzo por llevarla a cabo ¿No es, tal vez, una mirada al sistema laboral japonés que mencionábamos antes? Aunque el consumidor busque escapar, se encuentra con un mecanismo narrativo similar al de su realidad, y a lo mejor lo acepta porque lo conoce y se ve reflejado en ese deseo impuesto.
En ese sentido, algo que también caracteriza a las historias iyashikei es muchas veces esa reivindicación del omotenashi, o bien el concepto japonés para una hospitalidad desinteresada. Sin ir más lejos, lo podemos ver en series anime como Aria The Animation (2005), en la que el sueño de la protagonista es volverse una gondolera profesional y trabaja duro aprendiendo todo el detallismo de este oficio como servicio para los visitantes. O bien en el ya manga clásico Yokohama Kaidashi Kikō (1994), en la que una androide llamada Alpha regenta un café en un mundo postapocalíptico y recibe a sus vecinos con una sonrisa. Ambas historias también poseen lo que la directora Naoko Ogigami menciona en su película Megane (2007) como “tasogareru” (黄昏れる), es decir, un sereno autoabandono. Quizás el cine de Ogigami sea lo más cercano que tenemos el iyashikei en la gran pantalla japonesa, y por eso su neologismo describe tan bien otra de las características más importantes del concepto: la nostalgia alrededor de la impermanencia. Tanto en Aria como en Yokohama Kaidashi Kikō se nos plantean mundos que existen en un futuro distante, pero que resplandecen en la belleza detrás de la voluntad de la gente común, dando a entender que en el atardecer del mundo todavía hay espacio para la contemplación, lo efímero cobra otro valor y la perspectiva cambia si ponemos realmente el corazón en apreciar las pequeñeces y sus detalles. En estos relatos, también, las protagonistas actúan como un medio para los sentidos del espectador, y las locaciones ejercen una vocación narrativa profunda y memorable.
Pero volviendo al tópico del hotel, un ejemplo más que interesante es el de la serie anime Apocalypse Hotel (2025), donde un grupo de robots maneja un hotel después de que la humanidad tuvo que abandonar el planeta por una enfermedad mortal. Aquí, otra vez reaparecen el omotenashi, la eternidad de la espera en un mundo vacío y el sostenimiento de la imagen cálida frente a las desavenencias del día a día. Esta obra, tal vez, recorre varios géneros, pero es en su capítulo 11 donde podemos apreciar al iyashikei en su máximo esplendor. Aquí, Yachiyo, la robot protagonista y recepcionista del hotel (al igual que Honda Kiri en Oteru Moru), decide tomar un día de descanso después de trabajar incansablemente durante años. Ella no sabe lo que es descansar ya que sólo fue programada para servir, así que rompe con su omotenashi programado para embarcarse en un viaje sensorial a través de este mundo postapocalíptico, encontrando belleza en la calma y creando un ambiente de ensoñación (o tasogareru) para el espectador. La música y los paisajes cobran importancia, y Yachiyo sólo es un medio que transita entre ellos. Para Roquet algo que tienen este tipo de historias es una fuerte connotación ambiental, y al igual que la música de ese género se crea un espacio de cosubjetividad, donde el arte se funde como un diseño con las emociones de los personajes. En una vocación atemporal, la música amplía este anhelo minimalista y encapsula la vibración “mono no aware” del relato (una tristeza suave al reconocer que todo es efímero). Compuesta por Yoshiaki Fujisawa, quizás su melodía más reconocible sea 悠久の時, o bien “tiempo eterno”, un tema que acaricia las escenas casi que con ternura.
En este diálogo con el texto de Roquet, vemos que la música también ejerce un rol de subtractivismo, a través de la cual se suaviza el yo para tolerar la vida impuesta y sus arquetipos fundacionales. Lo apreciamos también en Aria con la banda sonora de Choro Club feat. Senoo, capaz de transportar esa sensación de espacio feliz y positivo, o en las composiciones de Yoko Kanno para el cine de Hiroshi Ishikawa o Hirokazu Kore-eda, que llena las imágenes con un manto de nostalgia y paz. La realidad alienante de la vida moderna es evadida con el fin de delimitar la propia experiencia sensorial dentro de la fugacidad del momento, generando un compromiso emocional atenuado.
En la actualidad, este argumento subtractivista reaparece constantemente en las narrativas japonesas como mecanismo frente a la soledad, donde el acompañamiento estético crea un refugio social que contradice (al menos ficticiamente) el esquema laboral y los roles sociales para solventar su mensaje armónico. Podemos vislumbrarlo en obras como Hirayasumi (2021), donde el protagonista tiene un trabajo a medio tiempo y vive en una especie de tasogareru constante, tomándose todo con calma y contradiciendo el ritmo de las estructuras japonesas. O bien en Midnight Diner (2009), donde los comensales asisten a esta taberna nocturna como si fuera una partición, repleta de emociones amables, en medio del caos citadino.
En definitiva, lo que podemos leer como una ruptura, en buena parte de estas narrativas termina siendo un espacio de evasión, pero no de reflexión o cambio real. No debemos confundir un ritual de paz con una resignificación de estructuras jerárquicas inamovibles. No hay un ritual que evoque una revolución atmosférica capaz de derribar la normatividad y los ejes laborales, pero sí hay una realidad enfermiza que subyace dentro de individuos agotados, vacíos y solos. En ese sentido, aunque el iyashikei puede llegar a ser un medio para sostener un sistema inalterable, hay en él un lugar de contemplación y freno frente a la avasallante modernidad. Por eso es imperante entender este fenómeno con un andamiaje ambiguo, criticando su trasfondo, pero entendiendo su necesidad social. En un mundo cada vez más individualista y asfixiante, las emociones pasan a ser un bien comerciable. Pero mientras haya humanidad detrás, aunque sea sólo una pizca de efervescencia contra la masificación, podremos seguir usando las narrativas que nos “curan” para resistir a la inercia capitalista.
Imágenes: IMDb, captura
📚 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
❖ Roquet, P. (2016). Ambient media: Japanese atmospheres of self. University of Minnesota Press.
❖ Lozano-Méndez, A. (Ed.). (2016). El Japón contemporáneo: Una aproximación desde los estudios culturales. Edicions Bellaterra.
❖ Hairston, M. (2008). A healing, gentle apocalypse: Yokohama Kaidashi Kikō. En F. Lunning (Ed.), Mechemia 3: Limits of the human (pp. 256–258). University of Minnesota Press.












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