Ryūkyū Geinōsai: el encuentro con la cultura okinawense
El domingo 2 de agosto, el Centro Okinawense en la Argentina volvió a abrir sus puertas para celebrar una nueva edición del Ryūkyū Geinōsai, el festival dedicado a las expresiones artísticas de Okinawa. El escenario reunió música, danza, karate y eisa en un recorrido que reflejó la diversidad de un legado de siglos y que continúa encontrando en la Argentina un espacio donde seguir desarrollándose.
La apertura estuvo a cargo del tradicional Kari no Ensō, una secuencia de música y danza de buen augurio que antiguamente inauguraba las ceremonias de la corte del Reino de Ryūkyū. A partir de allí, comenzaron a sucederse piezas pertenecientes a distintos momentos de la historia de Okinawa, interpretadas por agrupaciones con trayectorias diversas, pero unidas por un mismo compromiso con la enseñanza y la difusión de estas expresiones artísticas.
El recorrido atravesó distintos momentos de la historia cultural okinawense: danzas de origen cortesano como Washi nu Tui, Hamachidori, Urizun, Higasa y Naginata dialogaron con el repertorio para sanshin y koto, mientras las propuestas musicales contemporáneas completaron un panorama que dio cuenta de la amplitud y la vigencia de las artes de Ryūkyū.
Una de las primeras presentaciones estuvo a cargo del dojo Shōrin Ryū Matsubayashi Higa Marcelo, que interpretó una mezcla de los katas Rōhai y Sai ichi. Más adelante, Ryukyukoku Matsuridaiko Filial Argentina aportó la energía característica del eisa, con una puesta que transformó el clima de la sala.
Cada interpretación fue también el reflejo de un trabajo sostenido de enseñanza y aprendizaje que continúa renovándose generación tras generación. El festival volvió a mostrar que una tradición permanece viva porque sigue encontrando personas dispuestas a aprenderla, interpretarla y compartirla. Quizá esa sea una de las características más interesantes del Ryūkyū Geinōsai: en el transcurso de una misma tarde conviven expresiones nacidas en épocas muy distintas e interpretadas por personas de diferentes edades y trayectorias. Algunas piezas remiten a la vida de la antigua corte del Reino de Ryūkyū; otras pertenecen a un repertorio mucho más reciente. Todas encuentran un mismo sentido cuando vuelven a ser interpretadas en el presente.
Entre el público también era posible descubrir otras escenas. Algunas personas acompañaban las canciones casi sin darse cuenta; otras cerraban los ojos mientras sonaban melodías que parecían devolverlas, aunque fuera por unos instantes, a otros tiempos y otros lugares.
Los intervalos también fueron parte del encuentro. Entre los puestos de comida y bebida hubo conversaciones, reencuentros y saludos. La jornada continuaba también allí, más allá del escenario.
Uno de los momentos más luminosos de la tarde llegó con Haisai Ojisan, canción que recordó la dimensión más representativa de Okinawa: la de un pueblo que celebra el humor, la cercanía y la alegría compartida. Fue también una invitación a recordar que la identidad Uchinanchu vive en las canciones que invitan a sonreír, en los personajes entrañables que todos reconocen y en esa forma particular de celebrar la vida que caracteriza al pueblo okinawense.
En el tramo final, la danza Mamidoma reunió a todos los grupos participantes sobre el escenario, anticipando el tradicional kachāshī, que marca el final de las celebraciones okinawenses.
Al ver reunidas a tantas personas de distintas edades, era inevitable pensar que el Geinōsai es el momento en que la comunidad Uchinanchu puede verse a sí misma. Detrás de cada una de esas personas hubo años de práctica, de ensayo y de maestros y maestras dispuestos/as a transmitir sus conocimientos. Y resulta alentador comprobar que siempre hay personas dispuestas a ocupar esos lugares.









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