Cuando pensamos en la educación, solemos asociarla con el aprendizaje individual, el progreso personal o la transmisión de conocimientos. Sin embargo, desde una mirada histórica más amplia, la educación fue —y sigue siendo— una de las herramientas centrales para la construcción de los Estados modernos. Tanto en Argentina como en Japón, los sistemas educativos se desarrollaron como piezas clave en la formación del Estado-nación, con objetivos que iban mucho más allá del aula.
Aunque separados por la geografía y la cultura, ambos países atravesaron procesos de modernización en los siglos XIX y XX que colocaron a la educación en el centro de sus proyectos nacionales. Comparar estos dos casos permite entender mejor cómo la escuela se convirtió en un espacio privilegiado para moldear identidades, valores y formas de pertenencia.
Educación y Estado: una relación estratégica
La consolidación del Estado-nación moderno implicó la necesidad de integrar poblaciones diversas bajo una identidad común. Lengua, símbolos patrios, historia oficial y valores compartidos debían ser enseñados y reproducidos de manera sistemática. La escuela fue el ámbito ideal para esa tarea.
En este sentido, la educación no fue un fenómeno neutral. Fue pensada, diseñada y organizada desde el Estado como una política estratégica. La alfabetización, la disciplina escolar y los contenidos curriculares respondieron a un proyecto político: formar ciudadanos funcionales a un determinado modelo de nación.
El caso argentino: educación, inmigración y ciudadanía
En Argentina, el sistema educativo moderno comenzó a consolidarse hacia fines del siglo XIX, en paralelo al proceso de organización nacional. La Ley 1420 de educación común, sancionada en 1884, estableció una enseñanza obligatoria, gratuita y laica, sentando las bases de un sistema educativo centralizado.
Este modelo respondió a un contexto muy particular: un país que recibía millones de inmigrantes y que necesitaba integrar rápidamente a una población heterogénea. La escuela se convirtió en una herramienta de “argentinización”, donde se enseñaba el idioma español, la historia nacional y los valores republicanos.
La educación buscó formar ciudadanos leales al Estado, promover el orden social y consolidar una identidad nacional homogénea. Si bien este proceso permitió una rápida expansión de la alfabetización, también implicó la marginación o invisibilización de identidades culturales preexistentes, como las de los pueblos originarios.
Japón: modernización y educación en la era Meiji
En Japón, la transformación educativa se dio en el marco de la Restauración Meiji, iniciada en 1868. El país enfrentaba el desafío de modernizarse rápidamente para evitar la colonización occidental. La educación fue considerada una herramienta fundamental para fortalecer al Estado y garantizar la unidad nacional.
El gobierno japonés impulsó un sistema educativo centralizado, inspirado parcialmente en modelos occidentales, pero adaptado a la tradición local. La enseñanza promovía la lealtad al emperador, la obediencia, la disciplina y el sentido de pertenencia a la nación japonesa.
A diferencia del caso argentino, Japón contaba con una identidad cultural más homogénea, lo que facilitó la implementación de un proyecto educativo nacional fuerte. Sin embargo, esta homogeneidad también fue construida, dejando al margen a minorías culturales como los okinawenses y los ainu.
Similitudes y diferencias
Tanto en Argentina como en Japón, la educación fue un instrumento clave para la construcción del Estado-nación. En ambos casos, el sistema educativo buscó:
- Unificar culturalmente a la población.
- Transmitir valores nacionales.
- Formar ciudadanos leales al Estado.
Las diferencias radican principalmente en el contexto social y cultural. Mientras Argentina utilizó la educación para integrar una sociedad diversa y marcada por la inmigración, Japón la empleó para reforzar una identidad nacional preexistente y fortalecer el poder del Estado central.
Un legado que llega hasta hoy
Los sistemas educativos actuales de ambos países siguen reflejando estas herencias históricas. Los debates sobre identidad, diversidad cultural, memoria histórica y el rol del Estado en la educación tienen raíces profundas en estos procesos de formación nacional.
Pensar la educación desde esta perspectiva comparada no solo permite entender el pasado, sino también reflexionar sobre los desafíos del presente. En un mundo cada vez más globalizado, la pregunta por qué y para quién educamos sigue siendo tan relevante como hace más de un siglo.
Continúa en la parte 2
Podés leer el artículo académico relacionado acá → http://bit.ly/49n6bs4
Alternativa Nikkei Revista Online de la Cultura Japonesa




