La educación y sus tensiones
En la primera parte analizamos cómo la educación fue un pilar central en la construcción del Estado-nación moderno en Argentina y Japón. Sin embargo, estos sistemas educativos no solo formaron ciudadanos: también generaron tensiones, exclusiones y debates que todavía hoy siguen abiertos. Comprender estas aristas permite una mirada más completa —y crítica— del rol histórico de la escuela.
Educación y nacionalismo: formar ciudadanos, moldear identidades
A medida que los Estados se consolidaban, la educación comenzó a cumplir una función cada vez más explícita en la construcción del nacionalismo. En ambos países, la escuela no solo enseñaba contenidos académicos, sino también una determinada manera de entender la patria, la autoridad y el deber.
En Argentina, el relato histórico escolar exaltó figuras fundacionales, gestas patrióticas y una visión lineal del progreso nacional. La educación cívica promovía valores republicanos, pero también una idea homogénea de “lo argentino”, donde las diferencias culturales tendían a diluirse en nombre de la integración.
En Japón, este proceso fue aún más intenso. Durante fines del siglo XIX y comienzos del XX, la educación se vinculó estrechamente con el fortalecimiento del Estado imperial. La lealtad al emperador, el sacrificio por la nación y la obediencia a la autoridad se convirtieron en ejes centrales del sistema educativo, especialmente en el período previo a la Segunda Guerra Mundial.
Disciplina, obediencia y control social
La escuela moderna también funcionó como un espacio de disciplina. Horarios estrictos, jerarquías claras, rituales patrióticos y normas de comportamiento formaron parte de un modelo que buscaba no solo educar, sino también ordenar a la sociedad.
En Argentina, este modelo respondió a la necesidad de construir cohesión social en un país marcado por la inmigración masiva y los conflictos sociales. La escuela ayudó a consolidar el orden estatal, pero también fue un ámbito donde se reforzaron desigualdades y se silenciaron voces alternativas.
En Japón, la disciplina escolar se articuló con valores tradicionales reinterpretados por el Estado moderno. La educación fue un pilar para la formación de una ciudadanía altamente cohesionada, aunque a costa de una fuerte presión por la conformidad y la exclusión de quienes no encajaban en el ideal nacional dominante.
Minorías y memorias invisibilizadas
Uno de los aspectos más problemáticos de estos procesos fue la forma en que los sistemas educativos trataron —o ignoraron— a las minorías culturales.
En Argentina, los pueblos originarios quedaron históricamente relegados del relato oficial, presentados muchas veces como parte de un pasado a superar. Recién en décadas recientes comenzaron a incorporarse miradas más críticas y plurales en los contenidos educativos.
En Japón, algo similar ocurrió con los ainu y los okinawenses. La educación nacional promovió una identidad japonesa homogénea que invisibilizó las particularidades culturales y lingüísticas de estas comunidades. En el caso de Okinawa, esta tensión sigue siendo especialmente sensible y está profundamente ligada a la memoria histórica y a la identidad local.
Herencias y debates actuales
Aunque los contextos han cambiado, muchas de estas lógicas siguen presentes. Los sistemas educativos contemporáneos todavía reflejan las huellas de su origen como herramientas de construcción estatal.
Hoy, tanto en Argentina como en Japón, existen debates sobre:
- Diversidad cultural y educación intercultural.
- El rol del Estado en la definición de contenidos.
- La memoria histórica y sus disputas.
- La formación ciudadana en un mundo globalizado.
Revisar críticamente el pasado educativo no implica negarlo, sino entenderlo para construir modelos más inclusivos y reflexivos.
Miradas desde la comunidad nikkei
Para la comunidad nikkei en Argentina, estas discusiones adquieren un sentido particular. La experiencia de vivir entre culturas, lenguas e identidades pone en evidencia los límites de los modelos educativos homogéneos.
La educación japonesa en la diáspora, las escuelas de idioma, las asociaciones culturales y la transmisión intergeneracional de valores muestran otras formas de aprender y enseñar, donde la identidad no se impone, sino que se construye de manera dinámica.
Pensar la educación hoy
La historia comparada de Argentina y Japón nos recuerda que la educación nunca es neutral. Siempre responde a un proyecto de sociedad. Reconocer esto es el primer paso para imaginar sistemas educativos que no solo formen ciudadanos, sino también personas críticas, conscientes de su historia y abiertas a la diversidad.
En ese sentido, la educación sigue siendo un campo de disputa, pero también una enorme oportunidad para repensar el futuro.
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